13 de abril de 2005

LOS PIRAOS DE LAS MOTOS

El domingo pasado se inauguró el mundial de motociclismo con el campeonato de Jerez. Una vez más, el fin de semana se cubrió de gasolina derrochada, ruido infernal y cabriolas circenses de esa troupe de piraos que suele acompañar a cada evento deportivo de las dos ruedas y los c.c. Ya el viernes los ves pasar raudos y veloces (presumiendo más que un ocho) por las carreteras andaluzas, procedentes de todos los lugares de España. Algunos no llegan a Jerez: se quedan en una curva o en un terraplén, y no precisamente a coger flores.

Pero el espectáculo bueno está en la mismísima Jerez. Una ciudad clásica, señoritinga (se nota su historial británico), donde el vino alegra las pajarillas. Y a eso van los amantes de las motos. A pasárselo bien, a disfrutar, a presumir, a dar suelta a sus ínfulas cachondas, a ver a sus ídolos de barro, que corren que se las pelan en los circuitos sin tiempo para pensar que se están jugando la vida por practicar un deporte que a los que no nos gustan las motos nos parece de lo más aburrido.

Confieso que lo único que me llama la atención de las carreras de motos es el vuelo de los moteros cuando salen por los aires tras derrapar, salirse de la pista o hacer una pifia. No comprendo cómo la mayor parte de los accidentes acaban simplemente en sacudirse el traje. Poca igualdad veo en estas carreras. Casi siempre son dos o tres los que se comen la bandera a cuadros mientras que los demás pilotos practican el alegre juego de la comparsita, o sea, hacer bulto en la salida y llegar a la meta como el rosario de la aurora.

Pero sigamos hablando de los aficionados que se desplazan desde las chimbambas para disfrutar con sus idolillos y sus amotillos. Chúpate por lo menos varios centenares de kilómetros a toda pastilla, paga la multa por exceso de velocidad, despéinate y llega sano y salvo a Jerez; duerme sólo unas cuantas horas; mantén tus cinco sentidos amarrados a la moto (más apreciada y querida que la mismísima novia o parienta) no vaya a ser que te la birlen en un descuido; bebe todo lo que tu hígado pueda soportar; gasta una tonelada de toallitas de culo de bebé sacando brillo al casco; dale marcha a las neuronas asistiendo como espectador o protagonista a las exhibiciones callejeras haciendo caballitos y caballos percherones; gasta los preservativos que te trajiste en la caja fuerte; aguanta las horas de cola y de calores hasta llegar al circuito; mójate los pantalones con la baba que se te cae desde la sin hueso al ver como Rossi es más pequeño que un mosquito, el Sete es un estirao y el abuelo Angel Nieto tiene colocada en las carreras a toda su parentela (hijo, sobrino…); y tras disfrutar como un enano viendo pasar en un microsegundo -entre la rendija que dejan los tres mil cabezones enfervorizados que tienes delante tuya- a ese jinete del Apocalipsis que vuela hacia la meta como si le persiguiera el mismísimo diablo, y tras la consiguiente repetición de las colas y esperas a la salida, medio sordo, medio ciego, medio torrao por el sol del sur, agarras de nuevo a tu amante motorizada, la pones en marcha y sales echando leches para tragarte otros varios centenares de kilómetros y llegar (si es que llegas) a tu punto de destino, con ganas de bañarte durante cinco horas, de dormir hasta reventar, de maldecir al Valentino porque es un truhán, de decirle a la querida de carne y hueso que lo has pasao mortalmente bien pero que ahora sólo te apetece el Pikolín y (como se me ha olvidado que existen los puntos y seguidos o apartes) dar por bien empleado todo tu esfuerzo, dinero, riesgo y pasión dilapidados en un fin de semana espectacular. Punto y aparte. (¡Por fin!)

Sí, amiguitos y amiguitas, estos piraos de las motos son gente de una pasta especial. Yo es que los envidio y en mi otra vida quisiera tener su cuerpo jotero y su aguante. Sí, es cierto que no todos son iguales y que los hay más templaditos y juiciosos que se quedan a ver el espectáculo por la telecaca, pero para escribir en esta bitácora satírica, digo yo que me tendré que fijar en aquellos que provocan risa, compasión, envidia o calenturienta imitación y no en los aburridos sillonbolistas. El bello espectáculo no ha hecho más que empezar y a Jerez le seguirán nuevos fines de semana de gloria. El próximo: Portugal. Hay que ver lo caro y peligroso que les resulta a algunos divertirse. Que no se enfaden, pero un poco locuelos sí que están.

2 comentarios:

Rulo Minas 14/4/05, 2:05  

Los viejos moteros nunca mueren, Juan. Pero deberías contarnos como queda la ciudad tras las hordas de Atila motorizado.

Las toallitas de limpiar el casco, los botes de cerveza y los condones aparecerán al día siguiente decorando el suelo. El asfalto estará marcado hasta el año que viene por las frenadas, los derrapes y los ceros y ochos que hacen con la rueda de atrás.

Lo que me extraña es que los señoritingos de Jerez, hartos de ver perturbada su paz, no estén confabulando ya para cerrar el circuito al circo del mundial de motociclismo. A la ciudad no le hace falta más publicidad para que la ubiquen en el mapa.

Por cierto, y al hilo del polideportivo apuntalado en Luanco, he de enterarme si sigue abierto o está cerrado. Supongo que el plan de prevención de riesgos laborales no acoja a los usuarios (ja ja).

Anónimo 28/3/06, 1:01  

Las motos se llevan en el alma. Yo soy aficionado, con mi modesta bicilindirca de 500. no hago burradas como los colosos, pero si le retuerzo la oreja a mi Suzuki hasta donde dé.
Desde el vespinito, pasando por la NSR 125 y ahora con la "susi", pienso en ir ascendiendo poco a poco.
Me he dado 8 galletas hasta el momento, 5 por mi culpa y 3 por culpa de un huevon "enlatado", y me siguen gustando las motos. ya digo, cuanto mas grande, mejor.
Nunca conduzco bajo los efectos del alcohol. lo llevo incrustado en mi forma de ser, pero a pie, puedo poner al reves la barra de un pub.
¡A divertirse! con cabeza, con sentido común y con RESPONSABILIDAD.

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