1 de julio de 2005

LA ESCANDALOSA SHARAPOVA



Uno, en ciertas cosas, se decanta por lo antiguo. Y hablando de tenis, prefiere que el jugador o jugadora se dedique a sufrir en silencio que no de manera escandalosa. Y es que se hace duro estar a veces 4 ó 5 horas escuchando cada varios segundos (excepto los descansillos) el gritito o gritazo del tenista de turno. Pero lo cierto es que, casi como una moda, se ha ido imponiendo la raqueta gritona, no se sabe si por el enorme esfuerzo que ha de realizarse para darle a la bola (lo cual dice mucho de la potencia pero poco de la técnica) o porque cuanto más escandalera hagas, más conocido serás en el mundillo.

El caso es que la Sharapova es la reina de los gritos y gemidos en una cancha de tenis. (Por cierto que el Nadal también le da al asunto más de lo debido). Pero parece que en el caso de las chicas los gritos llaman más la atención, no se sabe si porque vende o perjudica más a los tímpanos. Sea como fuere, la Sharapova está siendo objeto de un estrecho marcaje que no se limita sólo al bamboleo de sus pectorales o a las curvas de su cuerpo serrano, si no también a las características físicas y hasta sexuales de su ya famoso grito, que amenaza convertirse en más famoso que el clásico de Tarzán o aquel del indio Gerónimo.

Así que la última moda en el mercado de la telefonía móvil (la gente cada vez está más tonta) es instalar en el móvil los famosos gritos y gemidos de la rusa. La melodía (a cualquier cosa se le llama hoy día “melodía” y “música”) se ofrece en varias versiones, incluida la polifónica y en formato Mp3. A nadie le extrañe que en este mundo desarrollado (el subdesarrollado bastante tiene con no morirse de hambre, así que pasa de estas gilipolleces), la cosa se convierta en un negocio redondo y hasta los 40 Principales la albergue en alguno de sus primeros puestos.

Incluso hay una página web donde el personal comenta sus impresiones tras instalar en el móvil la bella melodía sharapoviana: “Instalé sus gemidos para la función de despertador, y ahora sueño con ella” o “Con esos gritos, me sorprende que no revienten las pelotas”. Los que están en peligro de reventar son los oídos de los árbitros, que partido tras partido tienen que aguantar a tímpano descubierto el griterío de tanto tenista de uno y otro sexo que parece que no sabe darle a la pelota con el debido respeto y tratándola de usted. No diré que algunos partidos parecen un putiferio (exagerando un poco, claro), pero de aquella majestuosa y solemne práctica de los clásicos del tenis, ya no queda ni la raspa. De modo que –sobre todo en Wimbledon, donde la tradición es la tradición- más de un juez, cuidando por su salud auditiva y por el respeto a los cánones, ha sugerido la descalificación de los tenistas que no consigan evitar ciertos desahogos audibles. Por el momento la cosa está parada porque sería un hazmerreír y, sobre todo, porque el negocio es el negocio y los gritazos de la Sharapova, del Nadal y del resto de la tribu vienen acompañados de grandes beneficios crematísticos.

Yo creo que sólo los espectadores serían los únicos capaces de acabar con las pistas-discoteca. Una huelga de espectadores en defensa de los derechos de sus pobres oídos, del medio ambiente y contra la contaminación acústica. Pero suponer que miles de hijos de su padre y de su madre, venidos desde todos los puntos cardinales, se van a poner de acuerdo en algo es como pretender que Telefónica no nos tome el pelo con el ADSL. Viendo, pues, que no hay solución huelguística que valga, sólo queda incorporarse al espectáculo y aunque ya muchos espectadores lo hacen, todavía adoptan posturas demasiado tímidas. ¿Qué tal si los varios miles de espectadores se dedican a gritar y gritar como posesos cada vez que la Sharapova le da un mandoble a la pelotita amarilla? Aunque, seamos sensatos en los últimos renglones del comentario de hoy: como el ser humano es tan maleable y se acomoda a toda la porquería, estoy seguro que pasados los primeros partidos con tanta manifestación gritona del respetable, todo el mundo se adaptaría a la nueva situación y aquí paz y después gloria. Más o menos como lo que pasa en las calles de nuestras ciudades o en el comedor, donde la radio, la tele, la minicadena y el zipizape de tres años compiten al unísono para enloquecer al vecino de al lado, pobre viejecito que sólo ambiciona un poco de tranquilidad.

Mientras que a nadie se le ocurran medidas más inteligentes, parece que la mayor diversión seguirá siendo meter el grito de la Sharapova en el móvil e ir a verla a la pista con un audiómetro para ver si en ese partido supera su récord de decibelios. Quien sabe de esto afirma que lo tiene en los 101,2. Una chica-cañón, vaya.

1 comentarios:

la aguja 3/7/05, 2:25  

En boxeo también se comenzó a dar este fenómeno. Al principio eran una especie de bufidos. Recuerdo la película de Rocky II cuando Mickey, el entrenador, le dice a Rocky: "enseña a este latino rugir cuando le pegue al saco" (o algo así).

Sin salirnos del celuloide, todos recordamos los grititos de Bruce Lee en sus famosas películas y en toda la secuela de meapilas propios que tuvo.

El caso es que en el noble arte la cosa de los bufidos se olvidó. ¿El motivo? Una rotura de mandíbula porque al bufiditos de turno le pillaron con la boca abierta.

Tendrás que esperar a que la rubicunda rubia rusa rutilante se pegue ella misma un raquetazo (cosa que veo difícil). Así pues, paciencia, que todo se acaba.

(En mi opinión, el desgaste que supone la exageración del bufido al que haces mención es mayor que los beneficios que reporta al atleta. No digo que no se exhale en el momento del golpe con un ruidito, pero casi imperceptible. Lo demás, es moda; y pasará. Cuanto más se exagere, más cerca estará de su final).

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