11 de abril de 2010

MADRÍ-BARÇA: NO HUBO SORPRESA

El partido del milenio. Puaf… Hay cada exagerao por ahí… Y no sólo en la historieta que relatamos en el Arco hace unos días gracias a nuestro desenfrenado amor por el sarcasmo y la sátira sino, lo que es peor, por lo que cuenta gente tan “seria” (ji,ji) como los señoritos de Marca (madridistas hasta el corvejón) o el Mundo Deportivo (culés hasta la médula). Los primeros hablaban la noche del sábado en su página web de “Partido del Milenio” (así, con mayúsculas y todo). Los segundos escribían hoy en su web, “El planeta se rinde al Barça”, rememorando nuestro burlesco “Es un acontecimiento planetario” de hace unos días.

Partido, lo que se dice partido, apenas hubo. El Puñetas prácticamente se durmió durante los primeros treinta minutos viendo cómo los dos equipos –nerviosillos ellos- se dedicaban a jugar en apenas 25 metros del campo, como si el Bernabéu no tuviese porterías ni áreas, excepto para retrasar la pelota a los porteros. Imprecisiones, regatillos en corto y ni un solo disparo entre los tres palos hasta que llegó “Él”, el Messias.

Cuando el sueño ya casi me vencía, en el minuto 32, Messi despertó también de su letargo (hasta el momento lo más llamativo que había hecho fue un manotazo que le dio al balón) y se marcó un gol de hombro la mar de guaperas. La pelota salió despedida de su hombro a la distancia y altura adecuadas para que su Ilustrísima sólo tuviera que arrearle un zapatazo. Luego salió corriendo para celebrar el gol, tocándose la camiseta en plan: ¡milagro, milagro! Voy a escribir lo que nadie dice (ni aficionados ni listillos del balón): de cada cien goles, en setenta de ellos interviene la Virgen de la Casualidad. Sin embargo,  como el fútbol es hoy día la religión laica con más número de feligreses, al final los goles se venden como “obras de arte”, “golazos”, “genialidades” y otras palabrejas afines. ¡Menuda trola!

Fue a partir de ese golete de Messi cuando el partido empezó a tener algo de mejor juego pero ya había perdido lo único que me sostiene en vilo y duermevela en un encuentro de fútbol: la emoción del marcador. Allí ya no hubo más emoción porque todo el mundo sabía –incluso antes del encuentro- que el Barça era mejor equipo que el Madrid y salvo casualidad o mala suerte (a un solo encuentro no siempre gana el mejor porque el fútbol es un deporte bastante desnortado) el resultado estaba cantado. Así que el que iba a ser el partido del milenio (con emoción a raudales y erotismo máximo) acabó convirtiéndose en una soporífera noche de éxtasis futbolístico frustrado. Todos los jugadores barceloninos (aunque algunos de ellos hayan nacido a mil kilómetros de distancia de la ciudad de la Sagrada Familia) superaron a sus contrarios. De Ronaldo sólo vimos las pocas bicicletas que le dejó hacer Piqué; de Ramos apreciamos lo que en él es habitual, mucha leña, que repartió a diestro y siniestro, sin cortarse un pelo; de Higuaín supimos que estaba en el campo porque habíamos visto su nombre en la alineación inicial del Madrid;  de Guti y Raúl, supimos que no sabemos nada, salvo que la temporada próxima estarán cultivando geranios en otros equipos. Especialmente -en la segunda parte-  el Puñetas sólo vio mucho azulgrana por el césped, bailando y disfrutando con el “pa ti, pa mí” mientras la desesperación hacía mella en el sistema nervioso de los jugadores merengues, que estaban hechos un flan porque sabían que todavía no forman una gran y afinada orquesta.

A los 57 minutos llegó el gol de Pedro y allí se acabó aún más el cuento chino del partido del milenio y del planeta entero. Un vulgarote partiducho donde quedó demostrado que el Real Madrid ha acortado la distancia que en la Liga pasada le sacaba el Barça (recordemos aquel 2-6), pero al que le quedan aún un par de años para mojarle la oreja. Y es que un equipo campeón no se construye en un añito por mucho que don Florentín y algunos periodistas neuróticos de los madriles así lo crean. Refresquémosles la memoria. Este Barça ha llegado al cenit con Guardiola pero el que empezó a fabricar los mimbres de tan exitoso cesto fue aquel holandés de los ricitos, tan buena persona,  llamado Frank Rijkaard.  Un equipo de categoría “Cinco Estrellas” se fabrica en un lustro con paciencia, billetes de 500 euros, gente sensata y cuidando de los chaveas que se entrenan en casa. El Madrid ha mejorado este año gracias a la pasta gansa que ha traído el Gran Jefe de ACS pero los milagros no existen y necesitará todavía tiempo –si se hacen bien las cosas- para subir de categoría. Por ahora sólo es un “Tres Estrellas” aunque, eso sí, muy limpito y aseado.

Presumimos que los máximos rectores del Madrid seguirán haciendo lo mismo que en los últimos años, acosados por los medios histérico-informativos de la capital: echar al entrenador, descartar a media plantilla, fichar a la otra media, buscar éxitos inmediatos y.. vuelta a empezar.  El bueno de Pellegrini ha conseguido armar un equipo con expectativas de futuro en algo menos de un año pero es probable que no haya servido de nada ante los impacientes y milagreros de turno. Estos harían bien en preguntarle a Rijkaard y Guardiola cómo se fabrica un equipazo fetén en vez de estar ya pensando quién demonios será el nuevo chivo expiatorio (entrenador) que echarse a los colmillos la temporada entrante.

Al final, a los 94 minutos de juego de un partido que no tuvo historia ni sorpresas, el árbitro pitó el final del invento y mandó a todo el mundo a los vestuarios. A falta de buen juego y de cierta emoción, fue el encuentro de la deportividad. Ningún espectador tiró un cochinillo al césped. Los jugadores (salvo el leñero del Ramos) se saludaron y hasta se dieron algún besuqueo en el túnel de vestuarios. Ni la presidenta Aguirre mordió la yugular de Laporta en el palco de autoridades, pese a tenerlo al lado, ni el futuro (ji, ji) presidente de la Generalitat sacó los pies y sus neuras del plato de la cordialidad y la buena educación. Al árbitro algunos jugadores sólo se lo quisieron comer dos veces, una cada equipo, pues  ya se sabe que a muchos futbolistas les encanta decirles a los trencillas lo que éstos tienen que pitar. En fin, todo estuvo muy comedido, quizás porque casi todo el mundo sabía (menos los cantamañanas de turno) quien se llevaría la victoria y la Liga: el mismo equipo que, probablemente, se llevará también la Champions.

Acabado el partiducho todo el mundo regresó a casa, o se fue a dormir o pensó que la vida sigue y el lunes hay que currar (el que tenga trabajo, que esa es otra). Lo bueno de estos hitos “históricos” (más bien histéricos) es que pasan, se publican toneladas de cosas sobre ellos y luego todo sigue igual. Señal de que sólo son un vulgar y sencillote engañabobos. Para hecho trascendente el que dio origen al minuto de silencio al comienzo del partido: 96 personas fallecidas en un accidente aéreo. Representantes de todo un país desaparecidos en un segundo por volar en un viejo y arcaico avión soviético Tupolev al que el Puñetas no se subiría ni harto de vino.

2 comentarios:

Capanegra 12/4/10, 23:29  

Vísperas de mucho, días de nada.

Juan Puñetas 15/4/10, 0:46  

Bonito refrán que suele cumplirse con puntualidad suiza. Pese a lo cual me da la impresión que los 50.000 folios del sumario Gurtel son una minucia comparados con los folios dedicados al encuentro por los periódicos rosas del país (todos, aunque unos más que otros). Eso sin contar los miles de kilómetros de metraje de video o lo que demonios hagan ahora. La pena es que todo esto, como digo en la crónica en un momento de altísima lucidez (un momento que voy a darme un beso en todos los morros), tanta movida y cuento para que al final todo siga igual y nada cambie. Y así hasta el próximo partido. Qué manera más tonta de perder el tiempo. A su lado ver simplemente el partido, aunque parte del mismo se lo tire uno durmiendo, me parece hasta una obra de caridad...

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¡Gracias por vuestra plantilla! (El Puñetas, agradecido).