29 de noviembre de 2005

A LA CAZA DEL ENTRENADOR

Ya ha caído el primer entrenador de la ACB. La víctima, Pedro Martínez. Nueve jornadas ha durado el amigo. Algo más de un mes. El equipo tan tempranero que ha cambiado de entrenador es el Tau de Vitoria. ¿Iba el último en la clasificación? ¿Sus jugadores no metían una pelota ni siquiera en la cesta de la compra? ¡Quiá! El Tau va cuarto, con seis partidos ganados y tres derrotas. Igualico que el Unicaja, tercero en la tabla. En una escueta nota, el presidente del equipo vitoriano, un tal Querejeta, le ha agradecido los servicios prestados y le ha deseado lo mejor para el futuro. Lo que traducido en lenguaje puñeteril quiere decir:

-A la rue, Pedrito. A la calle, pringao, que aquí el que manda soy yo y mi culo es más importante que el tuyo. Sí, yo te contraté, pero ahora te descontrato y me quedo tan ancho. No te preocupes que te pagaré hasta el último euro. ¡Paga la afición que tanto me quiere!

Y en efecto, parte de culpa la ha tenido esa afición tan voluble (lo son todas), que hoy te aplaude, mañana te pita, la semana que viene se te abre de piernas y a la otra quiere meterte una garrota por salva sea la parte. Martínez llegó a Vitoria procedente del Gran Canaria, equipo al que el Tau tuvo que pagar un traspaso. Tanto amor loco para, pasadas las primeras calenturas, abandonarlo en el quicio de la puerta. Ley de vida, Martínez.

Porque es ley escrita y casi constitucional que los entrenadores tengan una vida muy corta. Hoy te quieren comer a besos y tras varios partidos perdidos, a los antiguos amantes (directivas, afición y jugadores) les repugnan hasta tus andares. Ahí tenemos los casos actuales de Luxemburgo (Real Madrid), Víctor Fernández (Zaragoza), Bianchi (At. De Madrid), Lotina (Español) y otros muchos que harían la lista kilométrica. Ellos, los entrenadores, son las queridas del futboleo. Los presidentes se enamoran de ellos con una facilidad pasmosa, les ponen los cuartos encima de la mesa para hacerse con sus servicios y placeres y cuando el asunto empieza un poco a complicarse, a la rue y a por otra. Otro, quiero decir, y que no se me enfaden, que los quiero mucho. Más que a los presis y que a los jugatas. Porque no es plato de buen gusto estar de cama en cama, con la maleta siempre a medio hacer, y todo porque los niñatos esos que saltan al campo no dan más de sí o están a todas horas más pendientes de la Play que de mis charlas. Y los señoritos de los despachos, aquellos que se les postraban de rodillas pidiéndoles marcha y olé, ahora muestran lo que todos sabemos de la clase dirigente que tiene mucha pasta y poca cabeza: que son expertos en la eyaculación precoz.

Arrastrada vida la de los entrenadores. Menos el Ferguson ese, que siempre hay una excepción que confirma la regla. Eso sí, conocen mucho mundo, pero es que no compensa. Cuando estás empezando a catar la ciudad, zas, te llaman al despacho del presi, te dicen que eres un inútil y que por el bien de la entidad, je, je, debes irte con viento fresco a otra parte. Y tú, qué vas a hacer. Pues, despechado y todo, amarrarte al jugoso contrato que te hicieron en los días de farra y besuqueos y a no ceder ni una peseta, o euro, a estos tipos que si se equivocaron eligiéndote, también deberían pagar ellos con el exilio. Al final, todo se arregla, aceptas las reglas de juego, donde tú eres el último mono y adiós, quedamos para otro día o temporada, si ustedes no mandan otra cosa.

El entrena del Bilbao ya cayó en la miseria hace varias jornadas. Cierto que el equipo iba el último, pero a lo peor es que -siendo todos sus jugadores “nacionales“- el invento étnico ya apenas se sostiene en pie frente a la multiculturalidad y otras gaitas extranjerizantes venidas de fuera del Paraíso. Al Luxemburgo del Madrid le quedan dos telediarios y medio, aunque si tiene suerte y gana la Liga y la Champions, lo despedirán a final de temporada en plena borrachera de éxito. ¡Pues no es nadie el Florentino para aguar la fiesta a sus queridos feligreses en medio del climax! Cuando llegó el brasileño, era el mejor entrenador del mundo. Hoy día todos coinciden (incluidos los sabios periodistas desmemoriados) en que Luxa es un inepto. ¡Hay que joderse! Y quien dice Luxa, dice cualquier otro. La calle está esperando ansiosa y las colas de entrenadores que, cual buitres carroñeros, otean un entrenadorcidio, rodean todos los campos de fútbol de cierto postín. Y, oiga, no vale que el año pasado clasificases para la Champion al Betis güeno. Esta temporada, cuchi-cuchi Serra, se te ha olvidado lo que es el fútbol. O que un año salvases al Español del descenso, al siguiente lo llevases a la Uefa y éste estés en la cuerda floja desde las primeras jornadas, o sea, con la navaja al cuello. ¡Lotina, quien te ha visto y quien te ve!

La afición (esa jauría que deja en el torno del estadio la buena educación y el cerebro) quiere sangre. Es parte del espectáculo. Y la más sabrosa es -aparte la del árbitro- la del entrenador. Hasta tienes que aguantar que un aficionado barrigón y con el culo como un pandero de no haber trabajado nunca en su puñetera vida, te diga que no haces ni el güevo. ¡Manda huevos!

25 de noviembre de 2005

FÚTBOL XXX

Algo podrido hay en el mundillo futbolero cuando se destaca en las primeras planas de los telediarios y periódicos (incluso a nivel de otros países), el milagro de que la afición del Real Madrid aplaudiese educadamente el recital pelotero del Barcelona en su última visita al Bernabeu. Seguramente que si algunos seguidores madridistas hubiesen tirado al campo la cabeza de un cochinillo o un piano de cola, a estas alturas de la semana ya nadie se acordaría del partido. Pasa con la labor arbitral. Si el trencilla de turno se equivoca o le equivocan los jugadores, la tangana y sus efectos duran una buena temporada, hasta que el escándalo es sustituido por otro de igual tenor. Pero si la actuación arbitral es impecable, oiga, es que ni dios se felicita del milagro. En estos momentos estamos asistiendo al acoso y derribo de un entrenador: Luxemburgo. Gran parte de la prensa escrita y radiada, junto a los altavoces de los memos que ladran deporte en las teleles, están con la escopeta cargada contra ese inepto, ignorante e inútil brasileño que maldirige las riendas del Real Madrid. Para entrenadores sabios y magníficos, toda esta patulea de periodistas y opinantes que no logran pergeñar dos letras seguidas de acuerdo a las más elementales normas gramaticales y semánticas, pero que de fútbol saben un montonazo. ¡Luxemburgo, a la hoguera! Y la masa, detrás, como fieles corderillos pastueños. Cuánta pornografía, cuanto descerebramiento y cuanta tontería. Han convertido un bello deporte en un hazmerreír. Mientras que a veces los protagonistas y rivales se besuquean y abrazan como amigos, algunos aficionados afilan los puñales y desfogan sus bajos instintos contra el prójimo o el mobiliario urbano. ¡Cabestros, imitad a vuestros ídolos! Ya hasta se pitan los himnos nacionales de la selecciones rivales, lo que va a obligar a la FIFA a prohibirlos en los encuentros. (Ciertamente, nunca deberían haberse introducido en los estadios, pues si hay algo más tonto que un obrero de derechas, eso es un nacionalismo futbolero). Cuando mandaba en España aquel señor tan bajito y aflautado, tan poquita cosa, pero al que todos temían, el fútbol se utilizaba como válvula de escape y atontamiento de aquella sociedad ensimismada y reprimida por el camarada furriel. Cuando, algo más de 30 años después, gobiernan gentes que se dicen de izquierdas (eso que antes era sinónimo de solidaridad, honestidad, principios morales y éticos, libertad y no sé cuantas bagatelas más), seguimos con el mismo uso torticero del fútbol (pese al fútbol mismo) para seguir adormeciendo y narcotizando a la “ciudadanía”. Peor estamos, porque la drogadicción ha alcanzado cotas de máximo refinamiento y propaganda. A todo esto yo lo llamo “pornografía”. La porno del seso. La que cualquier persona sensata debería prevenir o, cuando menos, dosificar. Pero nos la están echando a toneladas y nos la estamos tragando con mucho gustirrinín. Nos la sirven con un descaro, una desfachatez y una carota que ríase usted del uso que del futboleo hacía aquel generalito que movía a la risa, aunque fue él quien se rió de todos nosotros durante 40 años, hasta que no pudo más y la espichó de ella hace ahora exactamente 30 años y 5 días. Para más inri, y como los tiempos avanzan y se modernizan que es una barbaridad, al espectáculo pornográfico se han sumado como lindos corderitos muchas féminas (¿”por qué, por qué los domingos por el fútbol me abandonas?” –decía una muy antigua canción, hoy ya superada felizmente). Y, sobre todo, se han subido al carro, los niños. Carne de cañón futbolera. Basta verlos disputar su partido en el recreo, para darse cuenta que juegan al fútbol en su mayoría como si fuesen deportistas profesionales: gritos, patadas, simulaciones, protestas… Eso sí, marcan muchos más goles. Algo es algo. Lo peor de todo, es que esos niños se tragan (literalmente) todo lo que hacen, dicen y maldicen sus ídolillos. Sean éstos del Barça, del Racing o del Bollullos. En pocos espejos tienen donde reflejarse con sano juicio. El colmo se da cuando muchos de estos chavales acuden a los campos de fútbol, donde a su alrededor –en las gradas- el adocenamiento de la plebe alcanza las mayores cotas barriobajeras. -¡Arbitrucho, vete a tomar….agua de Carabaña! ….¡Me cago en la… mar divina! Contemplar extasiado como, a tu lado, tu mismo padre, o el vecino ese tan educado, o la amiga de la mamá, pierden los estribos y lanzan por sus boquitas piñoneras toda clase de improperios y maldades contra el árbitro y los jugadores rivales, eleva el nivel cultural y educativo de nuestros chiquillos, sanos espectadores del circo peloteril. Abajo caretas. Que sepan pronto de qué paño están hechos sus progenitores y gente afín. Así que, como hemos visto ya demasiadas veces, al final el mozuelo imita al papuchi o al tío o al amigo de mamá y se lanza también a insultar por peteneras y soleares, pues en este bello espectáculo todo vale con tal de conseguir el gran fin: que gane nuestro equipo, aunque sea de penalti injusto en el último minuto del encuentro. En fin. Dado que hoy me he levantado tan casto, digo yo: si el espectáculo taurino está considerado como demasiado fuerte para las pobres meninges de nuestros chaveas, ¿por qué no se aplica el mismo cuento con esto del futboleo en directo? ¿Por qué no se prohíbe la entrada de la chavalería a los campos de fútbol, hasta que el espectáculo se adecente un poco? Me van a llover tortas por todos lados por plantear pregunta tan estúpida. Pero ya digo, desde hace varios días ando con la líbido de capa caída. Prefiero mil veces lo que se llama habitualmente pornografía (esa de la entrepierna y el meneo) a este porno duro que levanta gratuitas pasiones, exacerbados ardores, abundantes soñarreras y eternos atontamientos. -Duerme, pueblo, duerme… -¡Y pensar que una vez le cantaron lo de “habla, pueblo, habla!” (Este comentario XXX ha sido patrocinado por la fábrica de colchones Relaxing, la antigua casa de Carabaña y la Cofradía de las Buenas Costumbres. Han enviado fraternales saludos Luxemburgo, Ronaldinho, Franquito y Rocco. Las referencias al franquismo han sido ineludibles dada la paliza que por tierra, mar y aire se nos ha dado por los autosatisfechos de hoy, al conmemorar la efemérides de la muerte del sátrapa. Cualquier tiempo presente es mejor que el pasado, especialmente si fue en una dictadura, pero no por ello cualquier tiempo presente es para sentirnos como pavos reales. A ellos dedico, a los del fútbol y a los de la política, este casto y tierno comentario de hoy. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado).

22 de noviembre de 2005

MILAGRO EN EL BERNABEU, INFIERNO EN SEVILLA

Leñe, que no se iba a ir el Puñetas de rositas sin pergeñar unas letrajas en torno a los famosos derbys descerebrantes entre el Madrid-Barça y el Betis-Sevilla del pásado sábado. Que es demasiada tentación pal cuerpo y uno es demasiado humano. Así que esta vez he decidido esperar a la finalización de ambos ritos balompédicos. A ver qué pasa, me dije antes de su inicio.

-En el Bernabeu se va a montar la de San Quintín, y en Sevilla va a arder hasta la Giralda –me decía a priori lamiéndome los colmillos y viendo como la canallesca de la prensa deportiva y no deportiva empezaba a echar leña al fuego purificador, buscando ganancia de ejemplares.

En el campo del Madrid se torció el guión. Aquello no fue una vendetta por el indigesto apoyo laportiano al Estatut, ni una revancha rebosante de anticatalanismo ni un fusilamiento a Etoo por sus exultantes insultos a la Casa Blanca florentinada, allá por el verano pasado. ¡Horror, el personal se puso a aplaudir al equipo rival y a su líder, un tal Ronaldinho! Y claro, como por una vez la noticia fue que el hombre mordió al perro, pues no veas la matraca que nos han dado con el aplaudimiento de la afición merengue hacia el nuevo emperador peloteril.

Es curioso que lo que debería ser la normalidad de cualquier partido futbolero, o sea, que la gente aplauda al equipo rival si éste gana o juega mejor que el de casa, resulte ser NOTICIA. Vamos, ¡es que cualquier día un periodista me ve cediendo el asiento en el autobús a una viejecita y me saca en portada! Por ser cortés y respetuoso. Se ve que al fútbol hay que ir a cagarse en la madre que parió (y de ahí para arriba) al árbitro, a los jugadores rivales y a la afición enemiga. Todos los estadios de fútbol deberían poner al lado de los tornos de entrada al recinto, el siguiente cartel: “Se ruega dejen en el suelo cualquier vestigio de buena educación, de respeto a los jugadores del equipo visitante, de amabilidad hacia el árbitro (el pobre…), cualquier mínima regla de urbanidad. En caso contrario, nuestros vigilantes jurados están autorizados a ponerle de patitas en la calle o llamarle “cretino””.

En Sevilliya, donde los jugadores y aficionados del Sevilla y del Betis se tienen que ver las caras necesariamente todo el año, anduvieron por donde suelen: por el infierno. Y qué se puede esperar viendo los cabezas de huevo que presiden dichos equipos. Y qué se puede esperar de Carnicerito Navarro, defensa central del Sevilla, experto en despieces de piernas ajenas o del raquítico, mentirosillo y provocador Dani, delantero bético, que apenas puede sostenerse medio metro por el campo sin poner pie a tierra, unas veces porque lo tumban los defensas rivales (es tan poquita cosa…), otras porque se tira el amigo para disimular y engañar.

-¡¡¡Ay, ay, ay…..ay.. ay….!!! -Jodé, a Dani le han partío la pierna….
-Que no, tío, que es que está ensayando pa la Semana Santa…. -
¿Todo el año?
-No, sólo cuando es tiempo de Liga.

Hasta en los vestuarios hubo bronca. Y es que ya no hay ni intimidad para que los publicitados futbolistas puedan esconder sus vergüenzas. Ya hasta los entrenadores, que se supone que deben poner orden y cordura en este invento, se dedican a pegar patadas a energúmenos disfrazados de delegados de campo, como hizo la otra noche el calenturiento entrenador del Betis con la maleducada “autoridad” sevillista.

Y; ¿saben vuesas mercedes en qué ha acabado toda esta historia barriobajera? ¿Con medio centenar de perturbadores del orden público declarando en la Comisaría? ¿Con castigos ejemplares para que ni Carnicerito ni el chico del teatro vuelvan a vestirse de corto hasta que llegue el carnaval? ¿Con supresión de la licencia de don Serra Ferrer hasta que apruebe un cursillo acelerado de buena educación, donde se le diga que está muy feo eso de dar patadas a personal laboral del equipo rival? ¿Con el cese fulminante del aguerrido delegado de campo sevillano, que se pasa por el forro y la entrepierna sus propias funciones laborales? ¿Con el cierre de los vestuarios del Sevilla durante un par de meses, lo que obligaría a que sus jugadores tengan en los próximos partidos que llegar al campo con los calzoncillos puestos? ¡Pero qué inocentes e infantiles son vuesas mercedes!

Et voilá: un partidillo de suspensión al Carnicerito para que siga aprendiendo a maquillarse esos ojitos felinos y 300.000 de las antiguas pesetillas al entrenador del Betis, algo así, como una propinilla en un “señor” que gana una millonada al año. Y ná más, si te he visto no me acuerdo, tararí que te vi y hasta la próxima. Buenos modales y educación para esa chavalería a la que le están sorbiendo el seso con este espectáculo XXX que aquí algunos llaman todavía “fútbol”. Si eso es fútbol, yo soy Santa Teresa de Calcuta. Pero ya que hablamos de la auténtica pornografía (no la que gira en torno al sexo, si no al seso), citémonos para el próximo día, que nos pillará aún más relajados. La función se titulará: fútbol XXX. Tolerada para todos los públicos, sin el más mínimo pudor ni reparo ni recato.

18 de noviembre de 2005

DEPORTISTAS DEL ESTADO

Las próximas Olimpiadas van a ser en la China mandarina. Y como anfitriones, piensan ganar más medallas que nadie. Es natural. No se organizan unos fastos olímpicos, se gasta un pastón y se pierde un dineral en construir piscinas, pistas deportivas y otras edificaciones al uso para que al final vengan esos extranjeros de costumbres tan raras y se lleven la gloria y el medallero, dejándonos a solas con nuestras deudas y melancolía. Para conseguir que todo sea un éxito, se establecen programas minuciosos, se derraman ayudas económicas por un tubo y se narcotiza a todo un país con ese virus tan resistente al sentido común y al paso del tiempo, que es el nacionalismo. Disfrazado, en esta ocasión, de deporte aunque ya se sabe lo que dice el refrán: aunque el mono se vista de Adidas, mono se queda. (He actualizado el dicho, que aquí uno es muy moderno). Pasó con la olimpiada barcelonesa, donde conseguimos más medallas y éxitos patrióticos que nadie (¡¡¡hasta en el fútbol, dios mío!!!) y luego, si te he visto no me acuerdo. Pasó hace poco con los griegos, que intentaron llevarse para sí hasta la antorcha y va a pasar con la China chinesca dentro de unos años. La cosa será peor. No porque tengamos nada contra los chinos, que nos parece gente muy trabajadora, obediente, emprendedora y tal. Tememos que el asunto sea epopéyico porque por aquellas tierras cada humanoide tiene dos padres: el genético y el Estado Supremo. El primero te ayuda a venir al mundo, en comandita con la mamá, y el segundo -a través de una patulea de mandarines, funcionarios y férreas reglas- se apropia de tu alma y almeja hasta convertirla en sangre propia. Hablamos de un país que conoce la democracia de oídas, donde la gente -hay tanta- está subordinada al interés nacional-particular de los que mandan y donde no importa que haya gatos blancos o negros, sino que cacen ratones. En sus Olimpiadas se van a forrar cazando medallas. Todos criticamos a las dictaduras de siempre (incluidas las propias), pero de la china pasamos olímpicamente. No se sabe si porque nos encantan las tiendas de los veinte duros, la comida de sus restaurantes o todos esos artilugios que nos venden tan baratos. (Por cierto, incluidos los coches, aunque el primero que se vende en la UE, el Landwind, haya obtenido unos resultados catastróficos en las pruebas de protección a los ocupantes. Chinos habrá muchos y qué más da la protección, pero europeos cada vez quedamos menos y no es plan que por conducir demasiado barato, al menor roce con otro vehículo nos vayamos a freir monas al más allá). Decía, pues, que para muchos interesados en que el negocio funcione, la China es un país la mar de normal. Y no. Aquello es una dictadura como la copa de doscientos millones de pinos. Y los deportistas que nos va a poner enfrente en las próximas olimpiadas no van a ir de damiselas ni hermanitas de la caridad. Van a defender su país (obligados por sus sátrapas y tiránicos gobernantes) como perros de presa. Más de uno perderá algo más que la honrilla deportiva (el pescuezo) de salirle mal el salto de altura, el lanzamiento de canasta o el tiro al plato. Deportistas del Estado. Como antes eran los soviéticos o aquellas jovencitas alemanas orientales que nadaban mejor que los peces, aunque luego resulta que cuando se desarrollaban físicamente del todo a más de una le salía una picha kilométrica en vez de un buen par de tetas, o una voz de barítono. Cosas del dopaje, del laboratorio clandestino y del capullo de turno con mando en plaza deportivo-política. En este sentido, como en China mandan los que mandan, pese a la última aperturita económica, bastantes deportistas de este país se ven obligados a seguir la misma estela y también han sido y son famosos por sus métodos de entrenamiento prusianos, su dependencia excesiva de papá Estado y el gusto por el gazpacho de barbitúricos y otras hierbas, vulgarmente llamadas “dopping”. (En sus últimos Juegos Nacionales se produjeron 26 positivos, declarados. Adivina tú los escondidos o despreciados). Leo por ahí que China prepara atletas en unos 3.000 colegios especiales, con la disciplina y el sacrificio deportivo como bandera de la madre patria. China siempre ha puesto al deporte (como Cuba, por ejemplo) al servicio de la política, como fuente de prestigio y respeto internacional. Quizás hoy no lo necesite pues todos nos postramos ante sus jefes como si el gigante asiático fuese el país más libre del mundo. En dichos colegios se entrenan más de 400.000 tiernas promesas, pasando allí parte de la infancia y toda la juventud. Entrenándose duro y espartanamente. La enseñanza académica, en un segundo término. Si luego fracasan deportivamente, los chavales tendrán lo que se merecen: una mano delante y otra detrás. Nada más. El plan seguirá vivo al menos hasta después de 2008, fecha de la cita olímpica. Muchos critican este sistema (gente de fuera, porque a los de dentro no se lo permiten, claro). “Los deportistas pierden el control de destino”. “Son propiedad del Estado”. En fin, que los mandamases del gigante chino lo tienen claro. O triunfas o te vas a plantar arroz. De modo que sus atletas ganarán muchas medallas allá por el 2008. Por la cuenta que les trae. Los deportistas de los demás países, si quieren alguna medalla, tendrán que comprarla en alguna tienda de los veinte duros que estará abierta las 24 horas en la villa olímpica.

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¡Gracias por vuestra plantilla! (El Puñetas, agradecido).