Hoy vamos a dejarnos de coñas marineras y de cachondeo.
Si para el Puñetas el furbo es simplemente un deporte de masas en el que sus protagonistas sólo se representan a sí mismos, a los clubes o las Federaciones respectivas (un negocio muy privado que ha conseguido entusiasmar a la mayoría de los habitantes del planetilla Tierra no se sabe bien porqué), para esas mismas masas, así como para sus dirigentes, el asunto es mucho más transcendente. O sea, que cuando se enfrentan “Irlanda” y “Francia” en una eliminatoria para decidir cuál de las dos Federaciones de Fútbol participará en el Mundial de Fútbol, resulta que quienes juegan en realidad son esos países, representados en el terreno de juego por jugadores que, cual soldados, entonan muy emocionados el himno de su país y luego derrochan toda la energía del mundo “hasta matarse” por dejar bien alto el pabellón y el honor patrio. Semejante manera de entender el juego acabará pasando factura más temprano que tarde.
Hay ejemplos muy recientes de que esta forma tan torticera de entender los encuentros internacionales puede acabar un día como el rosario de la aurora. El Argelia-Egipto último ha derivado en un serio conflicto entre ambos países y la puesta en circulación de miles de policías para intentar que el asunto no se fuese de las manos. El despropósito salpicó también a Sudan, Francia y otros lugares donde hay una abundante colonia de egipcios y argelinos. El hijo mayor del presidente egipcio calificó a los aficionados argelinos de
“terroristas” y
“mercenarios”; ambos países han llamado a consultas a sus embajadores; los heridos se han contado por decenas y sólo Alá sabe los rencores y agravios que van a quedarse dormidos y latentes hasta que llegue otra ocasión y salgan de nuevo a la luz. Naturalmente, el incendio aún será mayor al acumularse los odios anteriores a los nuevos.
Imaginemos un futuro no muy lejano, plagado por historias como las argelinas, egipcias, francesas, irlandesas (¡hasta el ministro de Justicia ha intervenido en el asunto de la famosa mano de Henry!), turcas, rusas, etc. Historias en tiempos duros como los de ahora, con polarización mundial en el ámbito religioso y político, con guerras a pequeña escala fácilmente exportables, con un dirigente loco de por medio (¡hay tantos donde elegir!) y unas potencias en crisis por falta de líderes o por serios problemas económicos. Una guerra es un acto irracional prolongado en el tiempo donde se cascan de lo lindo las gentes de al menos dos países. Con las envidias y odios acumulados bastaría una pequeña chispa (como ocurrió en lo que ha quedado en llamarse la
“Guerra del fútbol”) para que se líen a mamporros los energúmenos y analfabetos de turno.
No es nada descabellado pensar que -en un futuro más o menos próximo- podría producirse un importante conflicto armado entre varios o muchos países por culpa de un incendio surgido tras un partido de fútbol internacional. Cuando los aires de guerra ya son respirados por los contendientes respectivos el detonante puede ser cualquier cosa. Precisamente el fútbol, entendido como lo entiende la gran mayoría, reúne todas las condiciones objetivas para ser esa chispa inoportuna que haga reventar las inquinas y malhumores acumulados en el tiempo, aumentados a su vez por una situación mundial muy delicada.
Habría una manera de solucionar, en parte, el hipotético futurible. No pretenderé que el personal opine como el muá, que sólo ve en el futbolín un espectáculo más o menos cutre por el que su corazoncito jamás subirá de pulsaciones juegue quien juegue, pero al menos los oficiantes y mercaderes de la cosa podrían poner algo de su parte. Lo señoritos que mandan en el fútbol mundial podrían actualizar ciertas reglas conflictivas e introducir las nuevas tecnologías (como ya se ha hecho en otros deportes) para evitar errores e injusticias perfectamente evitables. Cámaras para repetir la jugada, ojos de halcón, etc. Y los negociantes de la cosa (políticos, periodistas, televisiones…) deberían ayudar poniéndose de acuerdo en un código ético por el que dejarían en paz al fútbol (que se lama sus propias heridas), no lo usarían en vano, abandonarían las trincheras y los tambores belicistas con que adornan a la feligresía cada vez que hay encuentros en “la cumbre” y, en fin, bajarían el tono hasta convertir a este deporte en lo que simplemente es: un espectáculo de masas, pero nada más, al que el gentío debe acudir para divertirse y pasárselo bomba. Bomba, pero de la buena...
Me temo que ni los unos ni los otros se bajarán del burro y sentarán la cabeza pues los beneficios del negocio son considerables.
Hasta ahora el futbolín viene actuando de adormidera de las masas pero empieza a haber signos evidentes de que estamos entrando en la fase de la pura y dura drogadicción, es decir, de la pérdida total del sentido crítico y de la realidad. Cuando el personal empieza a dejar de razonar porque va mamado perdido cualquiera sabe cual puede ser su comportamiento en momentos de máxima tensión, con frustraciones largamente reprimidas y odios visceralmente latentes. Quizás ahora suene a cachondeo pero quién sabe si en el futuro no tendremos un buen lío mundial con el fútbol como detonante. Desde luego, hay más posibilidades de que eso ocurra que esa tontería del fin del mundo en el
2012 que algunos cantamañanas se han sacado de la manga y del sombrero para hacer su agosto y llevarse los cuartos de los incautos y analfabetos de este planeta. Que son muchiiiiísimos, dicho sea de paso y entre los que espero que no estemos ni usted ni yo.